domingo, 27 de diciembre de 2015

Entrevista: ELISABETH G. IBORRA.

¿Cuándo comenzaste a escribir?
Desde pequeña. A los seis años le dije a mi madre que quería ser periodista. Mi madre me miró y me dijo “¡qué niña más rara!”. Todas las niñas querían ser profesoras, enfermeras, misioneras, etc, y yo tenía superclaro que quería ser escritora. De hecho, me dijeron que lo primero que leí fue un periódico, a los dos años y pico. O sea, que lo llevaba muy en la sangre.

¿Imaginaste alguna vez que llegarías a publicar lo que escribías?
Hombre, a nivel periodístico, claro, porque tú estudias la carrera y piensas que se va a publicar lo que escribas; pero ya a nivel de libros, no pensé nunca que iba a publicar. De hecho, me daba muchísimo miedo. Pensaba que mi calidad literaria no iba para nada a alcanzar los niveles de los escritores y los literatos que yo solía leer. Me daba mucha vergüenza escribir y, sobre todo, enseñárselo a alguien o que aquello fuera publicado. Pero, por suerte,  me relacionaba con muchos escritores, que eran mis amigos, y ellos me dijeron: “Bueno, mira, todos empezamos así, y si no lo intentas, desde luego, no vas a saber si eres buena o no. Nosotros creemos que sí, porque los artículos que escribes son muy buenos, así que inténtalo con los libros y ya verás si sí o si no”.
Efectivamente, me puse a escribir, echándole valor, y lo primero que terminé se publicó. Y a partir de entonces, prácticamente todo lo que escribo, cualquier proyecto que inicio y desarrollo en serio, normalmente se publica, así que me siento muy afortunada al respecto.

¿Por qué escribir libros en clave de humor?
Mi primer libro publicado fue La generación del imposible. Era un libro que a mí me encantó, es uno de mis libros preferidos. Un ensayo muy filosófico que tenía su ironía, porque yo siempre soy muy irónica; pero digamos que era muy serio, un poquito peliagudo para leer. Vendió cinco mil ejemplares, creo, que no estaba mal; pero me di cuenta de que aquel tono aburría a mi madre, ni mis mejores amigos ni mis mejores fans conseguían leérselo entero. Pensé que había que meterle mucha más ligereza y más humor al asunto para que realmente el mensaje llegara a toda la gente a la que yo pretendía llegar, que es la mayoría de la sociedad. Tenía que meter sentido del humor para que la gente accediera a ello, le gustara y el mensaje tuviera algún tipo de calado en la sociedad, que es al final lo que queremos la mayoría de los periodistas.

                                                           ©Elisabeth G. Iborra.

¿Buscas también humor como lectora? ¿Qué tipos de libros te gusta leer?
La verdad es que no. Como lectora soy bastante de clásicos, de filosofía bastante dura, de clásicos contemporáneos también. Me gustan mucho los autores que utilizan la ironía, pero sus libros no son tampoco muy fáciles de leer porque tienen una carga de contenido bastante bestia, ideológica, filosófica... Me gustan muchísimo los ensayos, la sociología, la psicología… Así que lo que leo no tiene nada que ver en absoluto con lo que escribo. De hecho, tengo muchos amigos que me dicen que nunca se leerían lo que escribo, y yo la verdad es que conociendo el tipo de literatura que leen y la que leo yo, les entiendo y les respeto absolutamente, porque no es el mismo feeling, no es lo que buscan. Así que sí soy un poco rara en ese sentido, la verdad.

¿Cuándo comenzaste a interesarte por las anécdotas de médicos y enfermeras?
Yo estaba haciendo un reportaje como periodista sobre por qué las enfermeras tenían que irse a trabajar fuera de España, a Francia, Inglaterra, etc. En esos países tenían trabajo. Básicamente, les pagaban mucho mejor, les daban el piso, les pagaban cursos de idiomas, etc. Sin embargo, en España están bastante mal y había muchas protestas por parte del sector por su situación. Empecé a hablar con ellas para denunciar su situación, y como son bastante cachondas, en el sentido de que se toman la vida con bastante humor porque ellas tienen una situación bastante dura con la que lidiar habitualmente en sus trabajos, a la vez  que protestaban iban contándome cosas divertidas. Yo dije “aquí hay mucho que contar”. La cuestión era entremezclar la denuncia del sector sanitario un poco con la anécdota porque con el humor todo entra más fácil. Que la sociedad entrara de forma más amena a entender cómo trabajan y cómo lidian con su realidad también.

¿Cuánto tiempo has tardado en recopilar las anécdotas de La medicina todo locura?
Unos dos meses o así.

¿Te has servido siempre de experiencias directas o también de anécdotas que te han llegado de forma indirecta? ¿A cuántos profesionales de la sanidad has entrevistado antes de escribir este libro?
He estado hablando con unos cuarenta profesionales. He conseguido sus contactos sobre todo gracias a las redes sociales, en este libro en concreto  (no así en los dos anteriores). Me han servido mucho Facebook y Twitter para contactar con médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, etc, que han sido superamables, contactándome para contarme toda sus historias. Han sido de una generosidad admirable y muy de agradecer.


¿Has tenido que dejar de escribir en algún momento este libro porque la risa no te dejaba?
Me lo he pasado superbién escuchándoles, me partía de risa cuando estaba oyéndoles; pero cuando me pongo a escribir, me pongo seria e intento estar muy concentrada en lo que me cuentan y lo que transcribo, sobre todo para respetar el anonimato de los pacientes y los profesionales, para que no se escape ningún detalle que pueda desvelar la identidad de ninguno. Luego estoy muy atenta también a cómo lo escribo, que quede muy correcto, que aunque quede de una forma muy divertida por el estilo, que ortográfica y gramaticalmente sea perfecto.

Y, por cierto, ¿qué tipo de anécdotas hospitalarias te causan más risa?
Las anécdotas que más risa me causan o que más atónita me dejan son las de la gente que se mete cosas por sus orificios. Habiendo los sex shops que hay en el siglo XXI, con tantos juguetes, tantos artilugios homologados que no te van a hacer daños, que la gente siga recurriendo a frutas y verduras, por no hablar de botes de gel, de champú, botellas de agua, champán, etc, a mí me deja fascinada y no me lo acabo de creer.
Me pasa un poco como a todo el mundo con las anécdotas sexuales, y eso que yo escribo mucho de sexo. Que yo en teoría  no me tendría que sorprender, pero es que el ser humano me deja  fascinada con el tema este de cuánto más se reprime, más parece que necesite hacer cosas extravagantes e incluso autodestructiva, algo que nunca acabaré de entender. Es así y ya está. Tampoco hay que darle más vueltas. Estudio mucho de psicología, pero no soy psicóloga, así que tampoco puedo explicar mucho más allá el fenómeno de que lo prohibido es lo que más nos atrae y cuanto más nos reprimen, pues más ganas tenemos de romper todas las normas y todos los cánones.

¿Elegiste tú el orden de los capítulos del libro o fue cosa dela editorial?
Sí, porque me servía mucho para preparar las entrevistas y ayudar a los profesionales a que recordaran las historias que les pasan. Ellos las viven de forma tan normal, que cuando tú les dices que te cuenten alguna que les haya pasado, te dicen “no sé, para mí es lo normal”, y claro que no le hacen gracia. Pero cuando les haces las preguntas en base a esas diferentes temáticas del índice, comienzan a recordar historias, y es cuando mejor te lo pasas y mejor se lo pasan ellos también. Si no, sería muy complicado. Así que desde el primer momento el índice lo tenía yo clarísimo, antes de empezar el libro en sí mismo.

                                                                   ©Elisabeth G. Iborra.

¿Qué esperas que los lectores encuentren en La medicina todo locura?
Yo espero que los lectores encuentren una manera de divertirse muchísimo. A veces la vida es un poco demasiado complicada y dura, sobre todo por el momento social que estamos viviendo, incluso a nivel de la sanidad. Espero que encuentren esa escapatoria para pasárselo bien, para disfrutar, que no todo sea tan dramático, y a la vez pues que entiendan un poco cómo los profesionales de la sanidad trabajan, por qué toman determinadas decisiones, porque hay un protocolo, unas prioridades, tienen en cuenta la gravedad de todos los demás pacientes. Yo creo que a través del humor se puede entender mejor eso.

¿Te ves escribiendo una continuación a este libro? ¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en mente?
Me veo escribiendo, por supuesto. Siempre me veo escribiendo. No sé hacer otra cosa, tampoco. Escribo artículos de continuo y libros tampoco es que pare de escribirlos. Tengo el libro de La vuelta al mundo de Lizzie Fog que se está publicando por capítulos (son treinta y tres capítulos) con la editorial Talismán Ebooks (que son superprofesionales). El libro digital tiene enlaces con fotos, con videos.. Me encanta porque es una idea mía  que se basa en mi viaje por treinta y tres países, sobre culturas diferentes y contando todas mis experiencias. Es el típico libro que me gustaría que leyeran mis nietos. Aparte, estoy preparando un libro de Twitts ilustrados (míos) porque soy muy fan, muy adicta a twitter. Pierdo mucho tiempo ahí que me encantaría que de alguna manera que un libro recuperara mis twitts más ingeniosos.

¿Te gustaría añadir algo antes de acabar esta entrevista?
Nada. Que los lectores que si quieren contactar conmigo, pues a través de mi web profesional, Facebook y Twitter. Los autores estamos ahí para interactuar, no somos dioses. Somos gente normal que escribe. Nos gusta mucho que nos cuenten lo que piensan, lo que sienten, lo que juzgan ellos de lo que escribimos, así que ahí estamos para lo que quieran contar estaré superfeliz para escucharles.
Muchas gracias por la entrevista. Siento mandarte enviártela grabada pero voy fatal de tiempo en estos días.

Muchas gracias a ti, Elisabeth, por tu tiempo, tus respuestas y tus fotos personales. Espero que la transformación del lenguaje oral de la entrevista de audio al lenguaje escrito no me haya quedado especialmente desastrosa.
Apunto aquí la dirección de tu página web:
http://elisabethgi.wix.com/elisabethgiborra
Dicho esto, espero ver pronto muchas obras tuyas publicadas en el mercado, y sin son tan divertidas como La medicina todo locura, mejor que mejor.

Cristina Monteoliva